- Y eso cuándo va a ser?
- Cuando él sepa la verdad va a encontrar el camino por si solo.
- Ahm….y…qué verdad es esa?
- Que hay un lugar donde siempre todos somos…lo mismo. No importa raza, nombre, credo, nada…ahí todos somos iguales, todos valemos igual y todos tenemos el mismo derecho de estar… lo difícil es…llegar hasta ahí y permanecer … - ella lo observó notando el gesto en su mirada clavada ahora en algún punto distante y sonrió alegremente – Vas a cuidar de él hasta que encuentre su camino?
- Te di mi palabra de que lo haría, aunque no se como, supongo que sobre la marcha tendré que aprender…No sería más fácil si le dijera que estás aquí y como llegar? No sería realmente más simple si tu misma le guiaras por ese camino del que hablas? – ella negó levemente con la cabeza mientras el pelo le caía llovido sobre las mejillas al inclinarse para recoger una hoja de color gris que acababa de caer del árbol cercano y aún era mecida por el perfume del viento –
- No. No puedo. Es mi condición, no me está permitido volver a él. Es él quien tiene que llegar hasta mí, solo así podremos recuperarnos el uno al otro… por eso te he pedido que cuides de él hasta que ese momento llegue… pero… - pareció consternarse y en su rostro la preocupación se marcó en su entrecejo fruncido durante un momento – si le dijeras de mí, si se enterase antes de tiempo… las puertas jamás se abrirían, las cadenas jamás se cortarían…
- Ahm… no te preocupes… no diré nada, ni siquiera sabrá de mi…
Una hoja de color azul se meció por unos instantes en el viento y finalmente fue a dar a la mano del muchacho, quien la rozó dejándola en libertad seguir su curso.
- Es tiempo... -dijo ella mientras miraba el estallido de color del atardecer, él asintió dando algunos pasos hacia delante.
- Te he dado mi palabra, y espero que la brisa me sepa traer nuevamente hacia ti para poder compartir estos breves instantes. Me es agradable tu cálida compañía. Pero hay algo… tú… tu conoces mi nombre y me conoces… crees que sea tiempo de que yo sepa el tuyo? - el muchacho la miró a los ojos con una sonrisa casi infantil. Ella respondió de la misma manera mientras daba unos pasos atrás y apoyaba su espalda en el árbol del cual ahora llovían hojas que iban transformándose en cadenas a la luz del atardecer y envolviendo el cuerpo grácil de la pequeña.
El tiempo se agotaba, así que él hizo un leve gesto con la mano y giró la cabeza comenzando su marcha. La brisa tornó en viento y trasportó el sonido de sus botas metálicas por todo el valle. El último rayo de luz trajo a sus oídos el dulce tono de aquella niña:
- Zima…
Él sonrió apenas, luego todo fue oscuridad.
***
(algo de música para ambientar)
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