[2] Waterdeep

***[Capítulo 1]***



El viaje había sido lo suficientemente agotador, al menos para Mitzrael, el joven paladín, quien en los varios días en carreta que separaban Silverymoon de Waterdeep, no había podido descansar.

Pero aquí estaban, en la Ciudad del Esplendor, Waterdeep, la gran maravilla de la Costa de la Espada.

Caminaron las largas aceras hasta el sitio en el cual les sería dada la misión, fueron preguntando a uno y otro transeúnte de aquí y allá, pues todos desconocían la ciudad, así que anduvieron a tientas mucho rato.

Finalmente, luego de dar algunas vueltas y con el agotamiento haciendo mella los dos paladines y los otros dos hombres, aceptaron tomar un momento para descansar y se dirigieron hacia una pintoresca taberna, cuyo nombre, según les habían indicado, era El Portal de los Bostezos.

Allí se detuvieron un buen rato entablando una buena relación con los desconocidos que hasta el momento habían tan amablemente servido de guía en aquella enorme ciudad. Eran dos semielfos y una elfa lunar.

Zephyr, de ánimo jovial y alegre, parecía siempre bien dispuesto a ayudar y a hacer amistad con los recién llegados, principalmente con Altair, el humano guerrero que no tardaría en pasarse de copas en aquella taberna.

Nuris, el otro semielfo, de corte un tanto más reservado, pero no menos amable que los demás y Luna, una elfa lunar, señorial y hermosa, que parecía dedicarse a cantar y tocar una pequeña flauta además de contar historias para el deleite de los viajeros que paraban a reposar en aquel sitio.

Dellias D’artanis, paladín de Torm, un joven humano de unos veinticinco años fue el primero en presentarse, con la formalidad y respeto que caracterizaban a un paladín de casta noble y buena crianza.

Altair no tubo tiempo de hacerlo, la cerveza ya había hecho mella en él y la realidad se le mezclaba un poco con el ensueño propio de una borrachera.

Darav no dijo nada, permaneció silencioso y reservado como siempre había sido desde que había sido sacado por el grupo de aquella fosa bajo el templo.

El último en presentarse fue Mitzrael, aquel pequeño y particular elfo, delgado y de aspecto frágil, ojos grandes y verdes, piel casi blanca y cabello del mismo color que caía de tanto en tanto negligentemente sobre su rostro. Era un poco más alto que el normal de los elfos, muy delgado y casi siempre caminaba torpemente, del mismo modo en que solía moverse, como si no estuviese demasiado acostumbrado a caminar grandes distancias o algo le impidiera usar correctamente sus piernas.

Llevaba un peto de cuero tachonado ceñido con tres correas de cuero sobre el pecho, unos pantalones simples y botas de cuero, la vaina de la espada atada al cinturón y una capa abultada en la espalda siempre bien atada al cuello y cayendo sobre sus hombros hasta cubrirle los brazos. El símbolo sagrado de Torm colgaba de su cuello y al igual que Dellias, Mitzrael era un paladín del Leal.

En sus años de servicio para el templo de Torm, Mitzrael había acabado por darse cuenta de que por mucho que quisiera, le era bastante complicado pasar desapercibido, supuso que Luna generaba el mismo efecto en los hombres, lo cierto es que la reacción fue la misma y durante algunos instantes a ambos les fue imposible dejar de mirarse mutuamente, pero fue una mezcla de timidez y cortesía la que hizo que el paladín alejara la mirada y le ofreciera a la dama elfa una torpe reverencia, de esas que nunca le habían salido del todo bien.

El descanso concluyo con un poco de diversión y buena música para todos. Finalmente luego de insistir, Luna consiguió que Mitzrael aceptara baila con ella, aunque el baile fue muy breve, la torpeza del elfo sumada al cansancio de un largo día hicieron que tropezara y cayera arrastrando consigo a la elfa lunar.

Luego de las risas el tiempo de ocio acabó. Acompañados de Zephyr, Luna y Nuris, los dos humanos, el semielfo y el elfo, partieron en busca de la casa del hombre que se suponía debía darles información importante.

Al llegar allí una misión urgente les fue encomendada, debían entrar en una cueva en las afueras de la ciudad, buscar a un Ogro y hacer que éste aceptara venir hasta la ciudad y hablar con el Lord que los enviaba. Se les dio permiso para contratar gente que los acompañase en tal empresa.

A simple vista no parecía fácil, y no lo era en verdad.

Mitzrael sin embargo siempre tenía fe en acabar con éxito sus misiones, tal y como el dogma de su dios lo exigía, en aquel momento, un solo pensamiento invadió su mente: por qué tenía que ser en una cueva?

Fueron advertidos de que en aquel lugar podían encontrar innumerables peligros, incluso supieron, por comentarios de Luna, que aquellos que se adentraban en esa cueva no salían con vida .

- De todos modos, digan lo que digan del lugar, la misión que nos ha sido encomendada debe ser cumplida, así que mi compañero Dellian y yo entraremos – dijo firmemente Mitzrael esperando un gesto de asentimiento por parte del otro paladín, el cual sin dudarlo afirmó las palabras del elfo, comenzando ya a caminar en dirección a la entrada de la cueva.

Darav y Altair lo siguieron, Zephyr y Nuris también, ya que la paga que les fue ofrecida por el Noble y que les sería entregada por Mitrael, sonaba bastante prometedora, y además, ambos tenían un interés particular en seguir a aquel misceláneo grupo de recién llegados valientes. Luna prefirió no entrar, saludo a sus compañeros desde la puerta y se quedó allí aguardando un pronto y feliz regreso.

Los pasos de los aventureros resonaron en la roca limpia mientras avanzaban por la cueva. Se adentraban a una oscuridad aterciopelada en la cual todo parecía demasiado calmo, y sin embargo, demasiado vivo como para no ser peligroso.

Zephyr iba delante con todo sigilo y dedicación intentando buscar posibles trampas en las que pudiesen caer. Dellias le seguía así como todos los demás.

Llegaron a una habitación que parecía ser inmensa en la negrura total de la oscuridad plena. Las antorchas solo iluminaban escasos metros delante y no se veía pared alguna que marcara el final de aquel cuarto.

Una repentina lluvia de flechas tomó por sorpresa a los jóvenes que pugnaban por ganar un poco de visual para determinar donde se hallaba sus enemigos y quienes o qué eran.

Muy pronto lo supieron y muy bien, eran trasgos, una buena cantidad de ellos. Todos, armas en mano, comenzaron el combate en desventaja, no podían determinar cual sería el siguiente paso del enemigo ya que les era prácticamente imposible verlos en aquella espesa e inmensa negrura proyectada en la amplia sala.

Altair tomó sus dos espadas y con maestría combatió utilizando el majestuoso estilo en el cual tanto se había entrenado. Zephyr y Nuris, dagas en mano intentaron hacer lo suyo, Dellias se puso al frente de batalla cubriéndose y cubriendo a Altair con su escudo para aminorar el daño de la lluvia de flechas que a intermitencia caía sobre ellos.

Mitzrael pugnaba por llegar al ahora inerte cuerpo de Darav que yacía inconsciente en el suelo por causa del daño provocado por las flechas. El combate se tornaba difícil y riesgoso, pero todos se mostraban diestros en sus habilidades tanto para el combate como de soporte al grupo.

Finalmente el elfo utilizo su propia espalda como escudo de la siguiente ráfaga de flechas mientras tomaba el cuerpo de Darav elevando una plegaria a Torm e imponiendo sus manos desnudas sobre el pecho del semielfo a fin de, aunque más no fuera, detener el sangrado.



[[[[[[FALTA CONTINUACIÓN (mañana la subo)]]]]]










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